Hay que generar valor para que el producto tenga un coste elevado o para que podamos salvar en esos momentos de miedo las inversiones en tiempo, futuro y, sobre todo, presente. Mucho presente.
Es decir, que hay que aportar algo más que lo que todos ofrecen. Ser especial, ser diferente, ser mejor. Decir más piropos que nadie, decirlos más bonitos y decirlos más creíbles. Otra máxima es la conocer lo que se vende y, sobre todo, a quién se le vende. Todo pez tiene su anzuelo y es más fácil configurarlo cuando conoces los mares por los que nada y los hombres –tesoros- que quieren encontrar.
Pero antes de salir a pasearse hay que elegir el camino que se va a tomar y, antes aún, escoger qué se quiere ver. No se puede ir al cielo si se cava en la tierra. Esto es, nada de diamantes en bruto si uno ya tiene una edad y no dejarse cegar por unos reflejos de sustancias efímeras. Arquitectura consistente con buenos pilares. Años de experiencia y ajustadas ayudas que aparezcan cuando más se las necesite. Cuando el balón se pasea por la frontal y nuestro portero se descolocó tras el primer envión. Como ahora, si me lo permiten. Escobas de amigos para empolvar el pasado, vestidos de novia sucios y rajados. Cajas de galletas repletas en la merienda y muchas sonrisas. Y, tal vez, una sensación de felicidad extrema al ser consciente del error, del fallo y de la muy probable pérdida. “No somos nadie, vecino. Y usted que lo vea, compadre”
Nos iremos para abajo y se hundirán las murallas que levantamos pensando que servirían para contener la matanza. Pero el valor se evalua en la derrota y es inversamente proporcional al tiempo que tardamos en recoger los pedazos rotos y disponernos para la próxima batalla, el próximo amor, el siguiente negocio o la última copa. Cada uno con lo suyo.
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