Voy pintando de normalidad las noches de los viernes.
Aprendiendo a sonreír desde la barrera a toros con labios encarnados y obsesión
fina. Visitando la arena con la mirada nostálgica del matador retirado que
reconoce como suyos algunos de los mejores capotazos que sacan los jóvenes,
siempre voluptuosos y apasionados. Riego las tardes de domingo con vino
mantenido en bota y uso la navaja para cortar embutidos y no suaves sedas de
vestidos escotados. Para eso he quedado, para colorear espíritus.
Voy encontrando en tus caricias lecturas de tiempos que se conjugan en futuro solo si dominas los pretéritos. Me sientan bien las noches de conversación de nuestras esencias, -en cuerpo y alma, obvio- y me entrego a algo más que hechos puntuales. Vendo las participaciones de renta variable y comienzo a hacer equilibrios en barra fija. Acodado, con una caña rebajada con limón y el aperitivo de tu presencia, que algún día será todo mi alimento. Desayuno, comida, cena y vuelta a empezar. Sin fin.
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